El jalón de orejas para la humanidad

La vorágine diaria se nos detuvo de golpe, dejándonos atónitos ante la nueva realidad mundial.

Estamos obligados a encerrarnos en nuestras casas si queremos garantizar que nuestras familias y nosotros mismos sigamos con vida. No hay medias tintas, no hay secretos, es la realidad.

Aunque por ratos el miedo nos desborde, no podemos detenernos del todo. La vida sigue afuera de nuestras casas y en el seno de nuestros hogares.

Los que tenemos un empleo que podemos hacerlo en parte desde las computadoras de nuestras casas lo hacemos con un poco de parsimonia, quizás con más ahínco.

Los que tienen que salir a las calles exponiéndose al latente peligro, lo hacen susurrando una oración, amparándose a lo que entienden por divinidad y porque tienen que comer.

Por el momento hemos dejado de lado las preocupaciones del tráfico, de las largas filas para hacer mandados, del tiempo que nos come a diario, de llevar la frente fruncida por los problemas comunes de nuestras labores.

Tenemos más tiempo de pensar en lo básico, en los detalles, en acercarnos al Todopoderoso, en volver a leer libros, en ver documentales, a lo que en verdad importa.

A los que nos gusta escribir, se nos abre la ventana de nuestra imaginación.

Hemos comenzado a valorar más la libertad, esa la que la democracia que hay en el país nos permite, viajar adonde queramos, salir a la hora que queramos y visitar a nuestros amigos y familiares.

Cuando era un niño recuerdo que había toques de queda por el ambiente bélico en el que vivía El Salvador, muchas veces sin luz eléctrica, pero era cuando más disfrutábamos en familia, inventando juegos, contándonos cuentos de miedo, entretenidos en juegos de cartón o haciendo sombras en la pared. No nos morimos por no salir y ahora lo recordamos con nostalgia.

Hoy no tenemos toque de queda, pero sí restricciones a la circulación, que más que ser coercitivas son medidas urgentes para evitar que el mortal virus Covid 19 nos infecte y mate.

La misma naturaleza nos ha mostrado, a través de imágenes captadas por todo el mundo, cómo animales salvajes circulan libremente por las calles solitarias, la naturaleza reclamando su territorio.

Quizás este tiempo de incertidumbre, temor, esperanza y fe, sea un jalón de orejas a la humanidad, que se había encajonado en guerras inútiles, en pleitos sin sentido, en discusiones estériles, en acabar con nuestros recursos naturales, en odiar a nuestros semejantes.

Ahora es el tiempo para sobrevivir, para acercarnos a nuestras familias, para cambiar malos hábitos y para dar confianza a nuestras autoridades, que según las Sagradas Escrituras, son puestas por Dios.

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