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04:33h. miércoles, 23 de septiembre de 2020

Relato

Danzando con la calaca: gran fiesta de gala en el pabellón centroamericano de la Feria Internacional

Una radiografía fiel del COVID19. Otra creación del Poeta Loco de San Jaquiero, Carlos A. Vásquez

Aparecieron los primeros síntomas del Covid19 y no espero mucho para acudir a consulta médica, sigo el primer tratamiento prescrito por siete días pero los síntomas cobran intensidad en lugar de bajar, voy por un segundo tratamiento mas agresivo y tampoco, me veo al espejo y mi rostro tiene color de enfermo terminal, de prisa soy trasladado al hospital más cercano, Jiquilisco, en donde me practican los primeros exámenes que revelan la gravedad de mi estado de salud, de inmediato soy remitido al Hospital El Salvador, mi saturación de oxigeno no alcanza ni 80, lejos del 97 considerado el valor normal. Estoy en camino al Pabellón Centroamericano de la Feria Internacional hoy convertido en hospital.

Directo a la unidad de cuidados intensivos con 16 medicamentos en el plan de recuperación, las venas de mis manos colapsan y un cirujano tiene que canalizarme vena central en el pecho para enviar los medicamentos directo al corazón. Estoy conectado a un respirador con 100 litros de oxigeno a presión, si eso no es suficiente lo que sigue es intubación. Será el último paso del cual no vi a nadie salir con vida de aquella sala en la que hay trece camas, de la 24 a la 37. Estoy en la 36 justo cerca de la puerta ancha por donde salen las bolsas blancas con agarradero de valija en dirección a la morgue.

No se que día es, he perdido la noción del tiempo, pero es la primera semana de agosto, un equipo médico llega a mi cama, una Dra. habla con los que vigilan desde las cámaras en el techo, “disneico, satura 82, presión sanguínea 100/150” … más detalles y una mirada poco alentadora de esa doctora que me revisa hasta las uñas. El terapista de respiración tiene los tubos y las enfermeras preparan bombas para la norefedrina, dopamina, adrenalina, morfina y no se que diablos más. Alguien dice - Sr. Lo vamos a intubar porque se nos está yendo. Todavía escucho el acento de un español diciendo, sube la Nora a 22; solo que, en las camas vecinas, jamás en la 36.

Me están subestimando, les digo, todavía me quedan fuerzas, me pongo boca abajo sin ayuda de nadie y les digo, no quiero el tubo, así me voy a quedar. - ¿Seguro? me pregunta el terapista, sí, respondo. Tengo una buena razón para salir de esto, no voy a morir. ¿Así?, ¿Cuál es la razón? me pregunta. Le prometí a mi hijo – respondo - que jugaríamos pelota al salir de aquí y no le voy a fallar. El resto de esa noche me la paso repitiendo la misma frase… “vamos a jugar pelota hijo, chutazo, zurdazo, gooool” … la frase que él siempre escucha antes de estrellar la pelota en mi pecho cada vez que jugamos.

En mi lengua armoniosa hablo con Dios y le pido que declare esta cama libre de todo mal, sea que venga de un murciélago mal hervido en China o salido de una de tantas teorías conspirativas, incluyendo las de mi amigo periodista Chucha Madre, residente en New York a quien considero el mejor de su clase en todo el mundo. Desde aquí veré como la Dama vestida de negro, y otras veces de blanco, arranca almas de los cuerpos y desaparece atravesando paredes al son de esa interminable sinfonía de monitores, bombas y respiradores que aturden el ambiente nada familiar para nadie, ni siquiera para el equipo médico, enfermeras y demás especialistas que desde España han llegado hasta aquí, bien con el ánimo de ayudar o para joderle la vida a los criollos. Hay cámaras en el techo, los pacientes estamos vigilados, aunque a veces parezca que no es así.

La siguiente noche veo morir a todos los intubados de la sala, de 13 solo quedamos 5 con señales de vida, ninguno intubado, salen las bolsas y al día siguiente la sala amanece repleta de pacientes como si nada pasó en aquella noche en que la dama del manto negro estuvo danzando sobre las sábanas blancas. El equipo médico se ve exhausto, por sus comentarios me doy cuenta que es la primera vez que lo experimentan algo así, tuvo que venir otro equipo de otra sala e incluso dividirse en grupos más pequeños porque tenían hasta cuatro códigos 1 en simultaneo. Los españoles también hacen lo propio esa noche.

Para bien o para mal, el equipo de profesionales de la salud a cargo de esa sala de cuidados intensivos es gente joven, mirada fresca, cutis muy finos en lo que se alcanza a ver detrás de las gafas, es lo único, aparte de su voz que hace la diferencia, por lo demás todos son iguales, mas parecen duendes albos con ribetes celestes caídos de espacio sideral con la misión de combatir un virus que solo ellos entienden y son capaces de vencer. La danza de la muerte continua día a día sin tregua. La cantidad de bolsas que veo pasar no coincide con las estadísticas oficiales. Se que estoy en el ojo del huracán, justo en el lugar donde van a parar los pacientes más críticos de todo el país, la sala donde la ciencia decide quien se queda y quien se va.

Tengo mi celular que puedo recargar desde mi cama con solo estirar el brazo. Hago videos y los guardo para documentar mi estancia. Sigo boca abajo, así mis pulmones se fortalecen y como premio obtengo un respirador más benevolente de alto flujo con solo 80 litros de presión. “Este hombre es fuerte, exclama un médico”, sonrío por dentro y una lágrima de precipita desde mis ojos, luego se pierde en la sábana blanca. Recién he despertado de un agradable sueño en el que vi a mi padre, a mi abuelo y a mi bisabuelo (Atilio, Cruz y Marcelino Vásquez) llegar a la puerta del cementerio de mi pueblo montados en una carreta, cuan jinetes de apocalipsis, en una espléndida noche de luna llena. Mi padre con apenas un mes de fallecido me lanza una mirada fugaz que se interrumpe con un leve empujón de parte de mi abuelo que lo conmina a no detenerse… la luz del túnel está a mis espaldas, pero no voy a entrar, aquí me voy a quedar. Mis ancestros se van en la carreta tirada por Asombro y Caribe, esa yunta de bueyes asombrosa que alguna vez existió entre nosotros.

Esta historia continuará...